Después de la última década, iniciando esta nueva, tomando en cuenta el éxito de Sebastián Cordero, las producciones crecientes nacionales, los debates sobre las nuevas instituciones cinematográficas, la crecida de las escuelas superiores de cine, es hora de que se arme un debate salvaje sobre el cine nacional. Es urgente. Hay que hablar urgentemente del cine nacional. No es solo la producción la que ha crecido, sino también esta especie de ilusión general de que ahora cuando se dice Cine Ecuatoriano ya hay algo de lo que hablar. La gente está yendo a las salas y la gente está hablando. Antes, hacer cine aquí era jugar a la ruleta. Ahora ya hay un mercado, un mercado joven que goza viendo retratada en las pantallas las calles donde caminan todos los días.
Hay que ser sinceros: Nos comemos la camiseta de orgullo cuando escuchamos que una película nuestra triunfa afuera. Toditos inflamos el pecho. Así medimos generalmente nuestros productos culturales (y eso es natural, porque no hemos creado crítica y porque no tenemos ninguna otra regla con que medir), pero con el cine esto es especialmente cierto. Se nos infla el pecho por nuestra constante crisis de identidad (el síntoma más común de la enfermedad ecuatoriana), pero también por el medio en que nos mostramos al mundo. Porque el cine es un arte pero también es empresa. Sacarlo afuera es mostrar un producto cultural exitoso, pero es también una realización económica, una inclusión capitalista. "Nosotros también tenemos cine", le decimos al mundo, con la lengua afuera y las manos en la cabeza. Nuestro cine es una ilusión política y económica, el deseo utópico de ser estrellas en el mercado transnacional, la noción de que podemos meter miles de dólares y agrupar a un conglomerado empresarial (porque una producción cinematográfica es una empresa) para contar una historia que es nuestra. Y el mercado ecuatoriano está poco a poco demandando este doble parámetro: una identidad aparente, fácilmente reconocible en una calle o un paisaje o en un acento, y un lenguaje entretenido, rápido, forjado en el exterior y ofrecido al exterior.
Por eso quizás no sorprende que una película relativamente desorganizada y con un guión mediocre como Qué tan lejos sea considerada por los ecuatorianos como una de las mejores películas que se han hecho en el país. Es una postal: una postal para nosotros y una postal para los otros. Una postal inter-regional, una producción que está más preocupada en la cinematografía del paisaje andino y costeño (tiene tomas increíbles) que en el desarrollo de los personajes, chatos e inacabados. Pero al fin, ¿en qué aporta el paisaje a la película? La fascinación de nosotros los ecuatorianos por nuestros paisajes dice algo sobre nuestra identidad,y parecía una buena idea cruzar la visión de una extranjera (especialmente una española) y una ecuatoriana desganada de clase media-indefinida a interpretar esas obsesiones, pero a la final la película no dice nada. Nada sobre el paro, nada sobre Jesús, nada sobre el matrimonio y las esperanzas fallidas. Apenas toca estos motivos, que son tan ecuatorianos. Es como si Tania Hermida no se hubiera decidido por el conflicto femenino, o el regionalismo, o las clases sociales, o la visión del extranjero y trató de meter todo en un mismo plato que no sabe ni a ceviche ni a mote. Pero la película cumple nuestras espectativas: es una película con una cinematografía bellísima, un buen retrato de nuestros paisajes, mostrados a través de uno de los géneros más gringos que hay, el road movie, y por lo tanto observable en el exterior.
Lo importante es dejar de juzgar a las películas por su producción: hace algunos años que debíamos haber perdonado las fallas de una película solo por estar bien producida. Eso era un milagro hace 10, 20 años. No se le puede reprochar nada (casi nada?) a Hermida por la producción de Qué tan lejos, pero eso ya no importa. Parece ataque y de cierta manera lo es, pero es más que nada una reflexión que debe ser dicha con la esperanza de que empecemos todos a crear un lenguaje cinematográfico válido, profundo, que nos muestre un espejo y no una postal. Si bien la película no alcanza, Hermida sí podría ser una buena directora. En todo caso, a pesar del ataque Qué tan lejos es un filme necesario, importante, porque toca en motivos importantes y porque a partir de la ausencia de esa profundidad se puede empezar a mejorar. Siempre y cuando empecemos a hablar, a hablar de cine ecuatoriano.
Ahora Tania Hermida sale con En el nombre de la hija, que por el corto y por el manejo de la trama parece ser un gran paso adelante en el cine ecuatoriano. Situar a una niña en la mitad de los 70s, en la mitad del socialismo y el catolicismo, en el centro de una hacienda en el centro del país, es una premicia que promete, que dará largo de qué hablar.





























